El partido que más esperé

 Aquel día me levanté temprano, había sido una noche difícil, me había costado dormir, me había despertado a cada hora e imaginado una y otra vez cómo sería ese día. Ese día tan especial, ese día tan esperado. Fueron tantas las veces que me desperté que perdí la cuenta.

Eran las 7.40 cuando el despertador sonó. En vano, pero sonó. Ya estaba despierto diez minutos antes de que sonara.  Me destapé, me puse las ojotas que usaba de pantuflas y fui al baño a asearme como era habitual. Mientras me duchaba, imaginé una vez cómo sería mi día.

Me puse el atuendo adecuado para esa ocasión especial. Esa noche había tenido la suerte de no compartir mi habitación con algún compañero, hubiera sido bastante incómodo en caso de que me hubiera escuchado cómo daba vueltas en la cama. Siempre me había tocado compartir el cuarto con Fernández pero hacía cuatro meses había tenido una rotura de ligamentos cruzado y no estaba viniendo.

Luego de almorzar, agarré el bolso, sentía cierto nerviosismo, el estómago me daba vueltas. Subí al micro y volví a imaginar cómo sería el partido. Me senté en el 27D como siempre, porque si hay algo que nunca pude dejar de ser fue cabulero. Ese asiento es mío desde la vez que por casualidad me senté en él. Justo ese día le ganamos a nuestro clásico rival con mayoría de suplentes, con uno menos desde los 34’ del PT y con el estadio en contra porque éramos visitantes.

El micro arrancó y emprendió viaje hacia el estadio, me puse los auriculares, puse mi música favorita y durante todo el viaje miré por la ventana pensando una y otra vez cómo sería el partido, cómo sería jugarlo.

Llegamos al estadio, esta vez fue neutral y con las dos hinchadas. Cómo se extraña tenerlas en los partidos por la liga local. Bajamos del micro, nos fuimos al vestuario, nos cambiamos y directo a entrar en calor. Mientras lo hacía, empecé a sentir el estómago aún más revuelto que esa mañana, me llené de ansiedad. El precalentamiento habrá durado treinta o cuarenta minutos, pero ya para ese momento había perdido la noción del tiempo. Los minutos eran horas y las horas segundos. El técnico nos llamó, nos dio la charla técnica y nos mandó de vuelta al vestuario. Entré, fui a donde estaba mi uniforme preparado, me puse el pantalón, las medias, las canilleras, me calcé los botines y los até. Me levanté, me detuve por unos largos segundos viendo mi camiseta y mi cinta de capitán. Imaginé por última vez cómo sería aquel partido, la próxima sería realidad.

Hicimos la fila para entrar al campo de juego, me tocó comandar una vez más el saludo histórico, ese que habíamos vuelto a hacer hacía un tiempo: brazos en alto hacia los cuatro lados mostrando las manos limpias, tal como lo habían patentado las glorias del Independiente de las épocas doradas.

Nos sacamos la foto grupal, hicimos el saludo protocolar con nuestro rival de Copa Argentina. Era la primera vez que nos tocaba enfrentarnos a ellos. Los equipos se dispersaron y yo caminé al banco de Atlas, el equipo contra el que jugábamos. Busqué al DT para saludarlo, lo encontré y lo abracé. Ese abrazo no habrá durado más de diez segundos pero con él se me vino a la mente el recuerdo de mi papá llevándome a entrenar al club de barrio, de mi papá llevándome a probar a Independiente, de su sonrisa cuando quedé seleccionado y de cuando firmé el primer contrato; el recuerdo de jugar los fines de semana, de mirar a la tribuna y que siempre estuviera él. Recordé también los partidos escuchados por radio del equipo que compartimos y que nos apasiona, tantos encuentros vistos desde la popular alentando o puteando a algún que otro árbitro. Me acordé de los llantos de tristeza por los malos momentos y de los de alegría por los buenos, aquellos abrazos de gol y hasta los que nos encontraron campeones.

El abrazo con el técnico rival terminó, lo miré y con los ojos lagrimosos le dije ”Gracias, viejo”. Se sonrió, me respondió ”Rompela como siempre” y me dio sus palmadas de la suerte. Me di media vuelta y me fui caminando hacia el círculo central con la certeza de que no importa el rol que tenga cada uno ni la camiseta que defienda, el fútbol siempre será nuestro lugar de encuentro. Caminé confiado sabiendo que siempre que vea para afuera de la cancha va a ser él, mi viejo, el que me esté mirando.


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